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Recuerdo que de niño solía robar las pasas de uva con sabor a dulce, el pequeño animal de oro en forma de galletas, ya que tenía un sabor delicioso y los cacahuetes. Recuerdo que las ollas eran muy grandes, ya que tenían que alimentar a más de 1000 personas y que se necesitaría una semana para freír todas las especias. Mi abuela molia las especias en un metate (piedra Mealing) o en un molino hecha de piedra porque dice que el topo adquiere un gusto exquisito cuando se utilizan estos métodos.

Además, las especias tienen que ser fritas con leña de mezquite ya que la combinación de fuego, leña de mezquite, y la olla de barro es lo que da al mole los exquisitos sabores que hicieron la receta de mi abuela el preferido en la ciudad y fuera de la ciudad también.

Cuando llegué a Los Ángeles como cualquier otro inmigrante, lo hize con una mano atada a la espalda y la otra mano en el frente (en otras palabras, sin nada) empecé desde cero. Ya que sólo tenía un sueño y un título universitario de mi país que ya no era válida aquí.
También hice frente a la barrera del idioma, porque no sabía Inglés. Yo era capaz de salir adelante y empecé un negocio familiar. En mi nostalgia por la gastronomía de México, en mi caso de Puebla, recordé la comida de mi abuela.